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Nacional 2006 INDICE 1. VIDA Tarde te amé, belleza
infinita tarde te amé, 1. VIDA Desde muy niño aprendía a invocar a Dios de la mano de su madre, fue inscrito en el orden de los catecúmenos de la Iglesia; a los 7 años tiene una enfermedad gravísima y por el peligro de muerte pidió el bautismo, pero como mejoró su misma madre se opuso a que fuera bautizado. En esta época Agustín se empezó a interesar por el juego, que como dirá él le traerá muchos castigos, "pecaba yo Señor, quebrantando los preceptos de mis padres y maestros. Podrían ser de provecho para el día de mañana aquellas letras que ello, fuera cual fuese su intención, pretendían que yo aprendiese. Mi desobediencia no se basaba en una opción personal por lo mejor, sino en la afición al juego... triunfos soberbios... y la curiosidad por los espectáculos". Pero sus padres le obligaron a estudiar. Sin embargo Agustín reprochará a sus padres que se preocupaban más por su carrera intelectual que por su propio crecimiento y adolescencia. San Agustín da gracias a Dios pues detrás de todo ello estaba Él, Él era quien le cuidaba verdaderamente. Estudia gramática, filosofía y se interesa por el latín. En el periodo de la adolescencia y juventud, irán despertando en Agustín las pasiones y los "males de la ociosidad", los efectos de malas compañías... propias de su edad. "No guardaba yo la mesura, de alma a alma, que marcan los linderos luminosos de la amistad siguiendo los impulsos de mi dispersión,... abandonándoos yo a Vos... pero Tú siempre estabas a mi lado" Gracias a la ayuda económica de un vecino suyo, su Padre consigue enviarle a Cartago para continuar sus estudios, es allí donde se unirá con una mujer y tienen un hijo llamado "Adeodato" (dado por Dios), al que luego amará con todo su corazón. San Agustín se volcará totalmente en sus estudios, para llegar a convertirse en un hombre culto, elocuente. 2.
LA CONVERSIÓN En esta búsqueda de Cristo, Agustín lee
la Biblia, pero no la entiende. La actitud adecuada para comprenderla era la de
hacerse como niños, postura que el santo no estaba dispuesto a admitir,
y buscando, buscando cae en la secta de los maniqueos, éstos le prometen
encontrar a un Dios que da sentido a todas las cosas racionalmente: el origen
del mundo, el problema del mal... Pero decepcionado de la doctrina maniquea ya
que no le da lo que busca realmente, cae en el escepticismo, empieza a dudar de
todos y de todas las cosas. Es ahora cuando decide permanecer, en la Iglesia católica, hasta que surja algo mejor. Está lleno de preguntas sobre Dios, el mal... y la figura de Cristo va calando en su vida, una idea le queda fijada en su corazón: Cristo ha estado presente en el camino de su vida. Uno de los momentos decisivos de su conversión se produce cuando se da cuenta de que Cristo no es un personaje literario o una idea filosófica, sino que es el Señor vivo que palpita, respira, enseña y ama en la liturgia y en la vida de la Iglesia, su Esposa y su Cuerpo. Por lo tanto, no es con la investigación erudita y solitaria del intelectual como se puede llegar a Él, sino con la cordial participación en el misterio eclesial, que no es otro que el misterio del Hijo de Dios crucificado y resucitado que se entrega a los suyos. Empieza a leer a San Pablo, éste le revelará que el verdadero camino es Cristo. Siente interés por conocer a personas que desde niños siguen a Cristo, quiere ver que esto que lee es verdadero y se puede hacer realidad. Agustín encuentra a Cristo en la Iglesia a través de personas concretas y a través de la Sagrada Escritura. Un día, Agustín estaba en el jardín cuando oyó a una pequeña repetir una y otra vez: Tolle lege, tolle lege (Toma y lee, toma y lee). Encontró la Epístola de Pablo a los Romanos sobre una mesa próxima, la tomó y la leyó. Pero hizo algo más que enfocar sus ojos sobre meras palabras. Encontró La Palabra. Confrontado por el poder divino, la majestad y el amor de él, que es Amor, la vida de Agustín cambió para siempre. La información que había leído era importante, pero aún más lo fue la habitación del Espíritu Santo. Concentrándose en la Palabra de Dios, tuvo una experiencia con el que es la Palabra: "No en comilonas, ni borracheras... sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne" (Rom 13,13). "No quise leer más, ni fue menester; pues apenas leída esta sentencia, como si una luz de seguridad se hubiera difundido en mi corazón, todas las tinieblas de la duda se desvanecieron". Su conversión hace a San Agustín retirarse, dejarlo todo para encontrar y conocer a Cristo. Para rezar y llevar una vida en la que cultive la amistad con él. 3. VIDA CRISTIANA Agustín describe, en una breve frase, los efectos del bautismo: "Recibimos el bautismo, y huyó de nosotros toda ansiedad de la vida pasada" (Confesiones 9,6,14). A los treinta y cinco años y tras cinco años de ausencia en Italia, Agustín vuelve a contemplar el puerto de Cartago, en donde Mónica tanto había llorado por la conversión de su hijo. Y allí desembarca, acompañado de sus fieles compañeros: Alipio, Navigio y Adeodato. Como Agustín posee en Tagaste algunos bienes que le ha dejado su madre, allá se instala con su hijo y sus discípulos. Y allí va a fundar una especie de monasterio para seglares como es él y sus compañeros. Habrá una vida común con sus retos de oración y meditación, todos juntos. Y al mismo tiempo, él podrá dedicarse al estudio y tratará de enseñar a cuantos acudan allí. Esta comunidad de seglares
que instala Agustín en la propiedad de su padre; se dedica a la búsqueda
de la verdad, lectura de la Sagrada Escritura, oración y vida en Cristo. 3.1
Agustín, Sacerdote: En Hipona Agustín establece un monasterio, allí ejercía el cargo de presbítero y superior de aquel monasterio que había fundado. Era el apóstol de la ciudad y al mismo tiempo el predicador incansable de la Palabra de Dios contra los enemigos de la Iglesia: Donatistas, maniqueos. 3.2 Agustín, Obispo: Poco
después muere Valerio, y sobre las espaldas de Agustín cae el peso
de aquella diócesis. Las cualidades personales del nuevo obispo, su santidad
y sus dotes de gobierno y sus facultades como escritor y predicador van a hacer
de agustín el obispo más célebre de su tiempo. Lo más importante a los ojos de San Agustín obispo, es el anuncio de la palabra de Dios a los fieles que se le han encomendado. La predicación es el primero y fundamental de sus deberes. Y al oficio de predicador dedicará todas sus fuerzas durante 34 años que va a durar su vida como obispo. 4. AGUSTÍN, PREDICADOR
Y ESCRITOR DE LA PALABRA Y podemos afirmar que eso, por mucho que parezca en la vida tan fecunda como escritor de Agustín, representa una parte tan sólo de lo que realmente predicó. La predicación de Agustín es una predicación directa con sus fieles, que reaccionan con espontaneidad cuando algo de lo que oyen de boca de su obispo les choca o llama su atención. Los fieles de Hipona son más bien personas sencillas: campesinos, marineros, pequeños comerciantes, artesanos que, a veces, no comprenden lo que les dice el obispo. Y éste para mantener su atención al vivo no duda en contarles historietas, y emplea comparaciones de la vida de todos los días, del campo, del mar, de la vida de los pájaros, de los animales. Agustín logra, gracias a todos estos medios, que los oyentes le escuchen y comprendan el mensaje que desea hacer llegar hasta ellos. La actitud fundamental del ideal que Agustín tiene del sacerdote, es servir al pueblo de Dios. Y en este servicio posiblemente la obligación principal del sacerdote consista en predicar la Palabra de Dios. Para cumplir con esta misión, Agustín recomienda, como primera cosa, identificarse con la Palabra: "Como ministro de la Palabra, sé la voz de la palabra" (sermón 288,5). Ser portador, por tanto, de la Palabra de Dios, desde la reevangelización de la propia vida. No ser un mero profesional del Evangelio, sino llegar a ser encarnación, voz de la Palabra, del Evangelio: "Parte siempre de su propia convicción de que no podrá ser buen predicador de la Palabra quien no sepa seguir a la escucha de la misma en su interior y en la Escritura". Agustín es consciente que es mediador de la Palabra revelada y siente su limitación e incapacidad. Traducir esa Palabra de Dios en palabra del hombre no es nada fácil y exige estar siempre a la escucha, dejar que el Maestro interior hable: "Hablamos nosotros, pero es Dios quien instruye; hablamos nosotros, pero es Dios quien enseña... Nos sentimos deudores de vuestra caridad y os vemos exigiendo nuestra deuda. Como nosotros oramos para que podáis recibirlo, orad vosotros también para que podamos explicároslo. Vaya de acuerdo nuestra oración, y de esta forma Dios os hará buenos oyentes y a nosotros propagadores fieles de la deuda" (Sermón 153,1). El predicador es ante todo, según Agustín, "orador", porque ora, está de rodillas asimilando la Palabra para poder exponerla conforme a su contenido. Agustín ora y después habla; "es más, toda su preparación consistía prácticamente en la oración y, en ocasiones, en unos momentos de reflexión. Agustín improvisaba sobre los textos bíblicos que se leían o se cantaban inmediatamente antes" Una de las normas elementales de la predicación, que es ser testigo, bien con la palabra, bien con la vida, del evangelio, es no buscar nada, no pretender algún beneficio para el predicador: "Quien predica el Evangelio para ser bien retribuido, piensa que sirve a Dios (pues predica) y al lucro (pues lo hace por él). Y dijo el Señor que eso es imposible. Así, a quien predica el Evangelio con esa finalidad, se le prueba que no sirve a Dios sino al lucro aunque Dios utilice al predicador para beneficiar a otros en forma que el mismo predicador ignora" (El trabajo de los monjes, 26,34). Como es lógico, el que predica el Evangelio ha de estar muy
acostumbrado a olvidarse de sí mismo, a buscar el bien espiritual de los
destinatarios de sus palabras y de su misión: "Hay en la Iglesia hombres
que, según dice el Apóstol, anuncian el Evangelio por conveniencias,
buscando de los hombres su propio medro, ya en dinero, ya en honores, ya en alabanzas
humanas. Buscando a toda costa sus personales ventajas, no miran al predicar,
tanto a la salud de aquellos a quienes predican como a sus particulares emolumentos"
(Sermón 137,5). Con
frecuencia Agustín reconoce que si predica no es por gusto, sino por cumplir
una misión y que no le queda más remedio que hacerlo porque así
se lo pide su dueño: "En todas mis palabras presento un espejo. Y
no son mías, sino que hablo por mandato del Señor, por cuyo temor
no callo. Pues, ¿quién no elegiría callar y no dar cuenta
de vosotros? Pero ya aceptamos la carga que no podemos ni debemos sacudir de nuestros
hombros... No queremos nada que nos convenga a nosotros si no os conviene también
a vosotros" (Sermón 82,15). Agustín da alguna pista de lo que tiene que hacer todo predicador de la palabra, y se puede pensar que éste era el sistema que él seguía en la preparación de sus sermones: "Ciertamente este nuestro orador cuando habla cosas justas, santas y buenas, y no debe hablar otras, ejecuta al decirlas cuanto puede para que se le oiga con inteligencia, con gusto y con docilidad. Pero no dude que si lo puede, y en la medida que lo puede, más lo podrá por el fervor de sus oraciones que por la habilidad de la oratoria. Por tanto, orando por sí y por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración. Cuando ya se acerque la hora de hablar, antes de soltar la lengua una palabra, eleve a Dios su alma sedienta para derramar lo que bebió y exhalar de lo que se llenó... El que quiera saber y enseñar, aprenda todas las cosas que deben ser enseñadas. Adquiera el arte de decir qué conviene al orador sagrado, pero al mismo tiempo de hablar piense que a una mente buena le conviene más lo que dice el Señor" (Sobre la doctrina cristiana 4. 15,32). 5. AGUSTÍN, OBISPO AL SERVICIO DE TODOS
Su conciencia del deber ministerial, su amor a los hombres y su dedicación plena para con ellos, le lleva a realizar todas las tareas, por desagradables que sean, como un vigilante en la Iglesia: "Cuando San Agustín era requerido por los cristianos o personas de otras sectas, oía con diligencia la causa, sin perder de vista lo que decía alguien... A veces, hasta la hora de comer duraba la audiencia; otras se pasaba el día en ayunas, oyendo y resolviendo. Y siempre miraba en todo el estado espiritual de los cristianos, interesándose de su aprovechamiento o defección en la fe y buenas costumbres; y según la oportunidad, instruía a los contendientes en la ley de Dios, inculcando su cumplimiento y dándoles consejos de la vida eterna, sin buscar en los favorecidos más que la devoción y la obediencia cristiana, debidas a Dios y a los hombres. Corregía públicamente a los pecadores para que los demás temiesen al Señor; y lo hacia todo como el vigía puesto sobre la casa de Israel predicando la palabra divina e instando a cumplirla oportuna e inoportunamente, arguyendo, exhortando y corrigiendo con toda paciencia y doctrina, siendo también principal cuidado suyo instruir a los que eran idóneos para la enseñanza. Se comunicaba por carta con algunos que le consultaban sobre asuntos temporales. Pero soportaba como una pesada carga esta distracción de más altos pensamientos, y era su mayor gusto platicar de las cosas de Dios en íntima familiaridad con los hermanos" (POSIDIO, Vida, 19). Por otra parte, intercede ante
el poder civil en favor de los reos, ya que, para él, esta es una de las
misiones particulares del obispo. Otras veces escribía cartas de recomendación
o visitaba a las autoridades; ni una ni la otra cosa eran cuestiones que le resultasen
fáciles; más bien, cuando lo hacía, tenía el temor
de molestar y de hipotecar un poco su condición de obispo: "Todos
somos cristianos; pero yo llevo una carga mayor y más peligrosa. Con frecuencia
se habla de mí: '¿A qué tendrá Sabe Dios que lo hago obligado. Trato a las autoridades lo mismo que a los cristianos, si entre ellas encuentro cristianos; a quienes son paganos, como debe tratar a los paganos: queriendo el bien para todos" (Sermón 302,17). Agustín era la voz de los sin voz. Para él, posiblemente, la atención para con los pobres era una de las labores más gratas de las realizadas como pastor. AsÍ se lo decía a los fieles: "Yo soy ahora mendigo de los mendigos; pero ¿qué me importa? Soy yo mendigo de los mendigos, para que vosotros seáis contados en el número de los hijos" (Sermón 66,5). Agustín considera que una de sus misiones es ser pedigüeño en favor de los pobres. Cuando habla a sus fieles en favor de los necesitados, es difícil no hacerle caso: "Dad, pues, a los pobres. Os ruego, os lo aconsejo, os lo mando, os lo prescribo. Dad a los pobres lo que queráis. No ocultaré a vuestra caridad por qué me fue necesario predicaros este sermón. Desde el momento en que salgo para venir a la Iglesia y al regresar, los pobres vienen a mi encuentro y me recomiendan que os lo diga para que reciban algo de vosotros. Ellos me amonestaron a que os hablara. Y cuando ven que nada reciben, piensan que es inútil mi trabajo con vosotros. También de mí esperan algo. Les doy cuanto tengo; les doy en la medida de mis posibilidades. ¿Acaso soy yo capaz de satisfacer todas sus necesidades? Puesto que no lo soy, al menos hago de legado suyo ante vosotros. Al oír esto habéis aclamado. ¡Gracias a Dios! Recibisteis la semilla y en vuelta pagáis con palabras. Estas alabanzas vuestras son para mí más un peso que otra cosa y me ponen en peligro. Las tolero al mismo tiempo que tiemblo ante ellas. Con todo, hermanos míos, estas vuestras alabanzas son hojas de árboles: se pide el fruto" (Sermón 61,13). Agustín habla a sus fieles de forma directa, como si apelase al corazón del pueblo para salir de un apuro, y por eso generalmente encuentra respuesta. En una ocasión un hermano estaba en dificultades con los acreedores y Agustín salió fiador por él, pero cuando hay que pagar, está sin nada y pide ayuda a sus fieles: "Escribí también a los presbíteros para que, si faltare algo después de la colecta de vuestra santidad, lo suplan ellos con lo que posee la Iglesia, con tal de que vosotros os ofrezcáis alegremente según os place. Ya sea de lo vuestro, ya de lo de la Iglesia, todo es de Dios, y vuestra devoción será más dulce para los tesoros de la Iglesia, como dice el Apóstol, 'pues no busco el don, sino el fruto'. Alegrad mi corazón. Deseo regocijarme en vuestros frutos, sois árboles de Dios, que Él se digna regar con frecuentes lluvias por mi ministerio. Protéjaos el Señor de todo mal aquí y en el siglo futuro" (Epítola 268,3). El
pobre es otro Cristo, y dar al pobre es depositar algo en las manos de Dios y
no perderlo; pero, además, el dador, al dar, se humaniza: "No hay
que pensar sólo en la bondad del dador, sino también en la humildad
del que sirve. No sé de qué manera, hermanos míos, cuando
el pudiente alarga la mano hasta la del necesitado, el alma del primero parece
como que se compadece de la común humanidad y debilidad. Aunque uno dé
y otro reciba, se encuentran unidos el que sirve y el servidor, pues no nos une
la desgracia sino la humildad. Cuanto más posee, más grande es el
temor. Si, en cambio, se lo das a Dios en la persona de los pobres, no lo pierdes
y gozarás de tranquilidad, porque Dios mismo te lo guarda en el cielo,
Él que te da también lo necesario en la Tierra" (Sermón
259, 5). Está claro que Agustín vive para la Iglesia, ésta
es su única pasión y es que, para él, "la Iglesia es
la hospedería en que Jesús, el Buen Samaritano, colocó al
enfermo para hacerle cuidar allí por sus ministros. Agustín ama
a la Iglesia con aquel amor tierno y ardiente que tenía por su madre Mónica.
Acordándose de sus pasadas ingratitudes con ella, suplica a los fieles
que no imiten su ejemplo, que acepten dócilmente el sustento espiritual
de su mano amorosa: "Yo, dice, pobre y miserable, me creí con alas
y dejé el nido. Pero, en lugar de alzar mi vuelo, caí por tierra.
El Señor tuvo compasión de mí. No Como nos dice el Cardenal D. Marcelo, "San Agustín amaba a la Iglesia. La amaba con toda su alma ardiente, ya no apasionada. A lo largo de su vida tan rica fue quedando en su corazón solamente el ardor y la llama, centrados ambos sobre lo que había venido a ser objeto único de su amor y su existencia: la Iglesia de Cristo....San Agustín amaba, vuelvo a decir, amaba a la humanidad, y a la Iglesia en ella encarnada. Y este amor le hacía dirigir su mirada incesantemente, tratando de desvelarlo, hacia ese oculto secreto de las relaciones de Dios con el mundo de los hombres, manchado con el pecado, puro con la virginidad de la fe, asumido en la unión de amor y elevado a la fecundidad creadora y sacramental de la gracia vivida en el seno de la Iglesia". 6. SÍNTESIS
ENTRE ACTIVIDAD PASTORAL Y VIDA CONTEMPLATIVA Sobre todo, pero no sólo aquí, a lo largo de la correspondencia, vuelve como un 'leit-motiv' la misma queja: 'no tengo tiempo para el estudio, la oración...'. Leyendo sus cartas se comprende el sacrificio enorme que hizo este pensador, este contemplativo, cuando, por orden de la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo y su continuación en la historia, aceptó dirigir la comunidad local y tomó sobre sus hombros la carga de la acción pastoral (cfr. Epístola 189,1; 224,1). Sus palabras son claras: "Nadie me superaría en ansias de vivir en esa seguridad plena de la contemplación, libre de preocupaciones temporales; nada hay mejor, nada más dulce, que escrutar el divino tesoro sin ruido alguno; es cosa dulce y buena; en cambio, el predicar, argüir, corregir, edificar, el preocuparse de cada uno, es una gran tarea, un gran peso y una gran fatiga. ¿Quién no huiría de esta fatiga? Pero el Evangelio me aterroriza" (Sermón 339,4). Pero Agustín ha sabido llegar a una síntesis vital como equilibrio entre los dos polos de acción y contemplación. A esto es a lo que el Cardenal Enrique y Tarancón llama actitud radical: "Creo sinceramente que para nosotros -obispos, sacerdotes y religiosos- tiene esta etapa de la vida de Agustín una importancia singular. Incluso afirmaría que su testimonio -en lo que yo llamaría su actitud radical, y aun en detalles importantes de su acción pastoral- tiene en nuestros días suma actualidad. Estoy convencido que Agustín, obispo, nos dice claramente a nosotros cómo hemos de vivir nuestro sacerdocio y cómo hemos de concebir y realizar nuestro ministerio pastoral ahora, en estos momentos difíciles en los que todos estamos un poco desconcertados. Llamo actitud radical a esa síntesis maravillosa entre contemplación y actividad que realiza en su vida y a su radicalidad en la vivencia del evangelio. Pero incluso los mismos detalles de su ministerio: su predicación -por el fondo y por la forma, incluso, diría yo, por el talante de la misma- su atención a todos -a los fieles y a los alejados, incluso a los que se han separado del redil-, etc. son una lección magnífica para nosotros". En un texto de la Ciudad de Dios, Agustín define estos dos polos en los que se desarrolla la vida y dice que se es eficaz en el servicio al próximo, con la eficacia que Dios pide, si no se abandona el amor a la verdad en la tensión al ocio, en el impulso a la soledad interior, y es que "sólo puede encender a los demás quien dentro de sí tiene fuego" (Comentario al Salmo 103, s.2,4). Pero la dedicación a Dios será auténtica si no se desentiende de la 'utilidad del prójimo'. Por tanto, la actividad sólo puede estar equilibrada si nace de la urgencia de la caridad y si no se olvida ese vivir dentro que es el resorte constante de invitación a la contemplación: "En relación con aquellos tres géneros de vida, el contemplativo, el activo y el mixto, cada uno puede, quedando a salvo la fe, elegir para su vida cualquiera de ellos, y alcanzar en ellos la eterna recompensa. Pero es importante no perder de vista qué nos exige el amor a la verdad mantener, y qué sacrificar la urgencia de la caridad. No debe uno, por ejemplo, estar tan libre de ocupación que no piense en medio de su mismo ocio en la utilidad del prójimo, ni tan ocupado que ya no busque la contemplación de Dios. En la vida contemplativa no es la vacía inacción lo que uno debe amar, sino más bien la investigación o el hallazgo de la verdad, de modo que todos -activos y ontemplativos- progresen en ella, asimilando el que ya ha descubierto y no poniendo reparos en comunicarla con los demás. En la acción no hay que apegarse al cargo honorífico o al poder de esta vida, puesto que bajo el sol todo es vanidad. Hay que estimar más bien la actividad misma, realizada en el ejercicio de ese cargo y de esa potestad, siempre dentro del marco de la rectitud y utilidad, es decir, que sirva al bienestar de los súbditos tal como Dios lo quiere... A nadie se le impida la entrega al conocimiento de la verdad, propia de un laudable ocio. En cambio, la apetencia por un puesto elevado, sin el cual es imposible gobernar un pueblo, no es conveniente, aunque se posea y se desempeñe como conviene. Por eso el amor a la verdad busca el ocio santo y la urgencia de la caridad acepta la debida ocupación. Si nadie nos impone esta carga debemos aplicarnos al estudio y al conocimiento de la verdad. Y si se nos impone debemos aceptarla por la urgencia de la caridad. Pero incluso entonces no debe abandonarse del todo la dulce contemplación de la verdad, no sea que, privados de aquella suavidad, nos aplaste esta urgencia" (La Ciudad de Dios, 19,19). Para Agustín el lema de toda su actividad pastoral está en arrastrar a todos al amor: "Si amáis a Dios, arrastrad al amor de Dios a todos los que con vosotros están unidos y a todos los que se hallan en vuestra casa. Si por vosotros es amado el cuerpo de Cristo, es decir, la unidad de la Iglesia, arrebatadlos a gozar y decidles: 'engrandeced conmigo al Señor...' Luego arrebatad a quienes podáis, exhortando, llevando, rogando, disputando, dando a conocer con mansedumbre y con benevolencia. Arrastradlos al amor para que, si engrandecen al Señor, lo engrandezcan todos juntos. La Iglesia los llama; estas palabras son la voz de la Iglesia, que llama a quienes se desgajaron" (Comentario al Salmo 33, s. 2, 6-7). Y es que, como les dice Agustín a sus fieles, la Iglesia es para todos, tiene sed de personas, no se conforma con los que ya le pertenecen: "También la sed de la Iglesia quiere beber a este que véis" (Comentario al Salmo 61,23). Es cierto que "aunque él pensó, amó y escribió en un apartado rincón de la Iglesia, todo lo hizo para la Iglesia entera y para todos los tiempos. Su voz es sólo un eco de la revelación divina. Mientras haya en el mundo una mente y un corazón humanos, existirá siempre la necesidad de su luz, que iluminó el camino del cristianismo durante dieciséis siglos, y del calor, consuelo y arrojo que sus obras irradian sobre los hombres. Los siglos venideros no conseguirán que el pensamiento de San Agustín quede anticuado, porque contiene los afanes, los deseos y los anhelos de la permanente naturaleza humana" . Lunes, 28 ago (RV).- A propósito del influjo de san Agustín en su vida joven, declaraba hace unos años el cardenal Ratzinger: "Desde el principio me interesó mucho [ ]. No fue en modo alguno un hombre que estuviera en las nubes [ ]. Vivió todos los días las realidades humanas, tratando de comunicar a los hombres la paz de Cristo, el Evangelio. En esto él es también un modelo, porque, si bien él probase gran nostalgia por la meditación y por el trabajo intelectual, se dedicó hasta el fondo a los pequeños compromisos de cada día y dentro de estas circunstancias quiso ser disponible a las personas [ ]. Aquello que entonces más me impresionaba no era tanto su ministerio pastoral, que yo [entonces] no conocía tan bien, sino la frescura y la viveza de su pensamiento [ ]. En Agustín está siempre explícitamente presente el hombre pasional, sufriente, interrogante, con quien uno se puede identificar" (Il sale della terra, 68s). - Benedicto XVI: Respondo subrayando por ahora un primer punto: ante todo se debe decir que es preciso leer la sagrada Escritura no como un libro histórico cualquiera, por ejemplo como leemos a Homero, a Ovidio o a Horacio. Hay que leerla realmente como palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios. Al inicio hay que orar, hablar con el Señor: "Ábreme la puerta". Es lo que dice con frecuencia san Agustín en sus homilías: "He llamado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir". Esto me parece muy importante. La Escritura no se lee en un clima académico, sino orando y diciendo al Señor: "Ayúdame a entender tu palabra, lo que quieres decirme en esta página". 7.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO POR GRUPOS 7.1 ¿Qué actitudes descubrimos en la vida de San Agustín que nos pueden ayudar a nosotros en nuestra comprensión de la Palabra de Dios? " San Agustín nos enseña que la lectura de la Palabra de Dios funciona como colirio. Va limpiando los ojos, devuelve el mirar de la contemplación que nos fue robado por el pecado, y nos hace capaces de quitar el velo de los hechos para expresar, experimentar en ellos la presencia liberadora de Dios: "¡Ojalá escuchen hoy su voz!"(SI 95,7). 7.2 ¿Hemos sentido la presencia de Dios en nuestras vidas personales a través de la lectura de la Palabra de Dios? 7.3 ¿Sentimos y experimentamos la presencia viva del Señor en nuestro caminar como pueblo de Dios? " El secreto y la llave principal de la Sagrada Escritura es JESÚS. Agustín llegó a descubrir la presencia viva de Cristo Jesús en la Biblia. Agustín procuraba descubrir cómo los textos antiguos de la Biblia iluminaban la presencia viva de Cristo, la situación de la comunidad y la vida de cada cristiano. 7.4 ¿De qué manera está presente Jesucristo en el Antiguo Testamento? 7.5 ¿Cómo se debe leer el Antiguo Testamento? " Para Agustín de Hipona la Biblia era el Libro de la Iglesia. Agustín amaba la Iglesia profundamente. Para él Dios es nuestro Padre y la Iglesia nuestra Madre. La Iglesia es la fiel defensora de la Palabra de Dios; sin ella no se puede comprender correctamente la Palabra de Dios. 7.6 ¿Cómo es nuestra lectura comunitaria de la Palabra de Dios? 7.7 ¿En qué momento nos reunimos como
Comunidad Eclesial para escuchar la Palabra de Dios y para profundizarnos en ella?
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